Impenetrable y alta montaña mía,
¡soberbia, altiva e imponente eres!
Errantes nubes blancas suavemente besan
el techo coposo de tus gigantes laderas verdes.
El aire fresco y enrarecido,
con dedos limpios y fríos,
golpea la tostada piel.
Y a los pulmones campesinos
penetra hondo y con brío.
Azuerense y virgen montaña mía,
como viejo monumento del pasado
tu verdor quedó.
Recortada entre el humo
y los amarillos faraguales,
testigo mudo eres
de un mundo que ya murió.
Majestuosa y verde montaña mía,
último valuarte eres
de paradisíaco mundo vegetal.
Como templo imponente,
solitario te yergues
en la fresca quietud de la selva tropical.
Fértil oasis,
regalo de la Naturaleza,
templo húmedo de la profusa vegetación,
en cuyos altares verdes
los seres que la habitan,
en inspirado rito,
cada día comulgan con Dios.
Azuerense y virgen montaña mía,
último valuarte del mundo vegetal,
solitaria y altiva te yergues
en el asolado mundo tropical.
Azuerense y solitaria montaña mía,
como viejo monumento del pasado
tu fresco verdor quedó.
Recortada contra el humo
y los quemados faraguales,
testigo mudo eres
de un mundo que ya murió.
















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